domingo, 2 de septiembre de 2012

2. Juancito - 6 años

Y mientras golpeaba la correa contra mi pierna, la miré. Eran sus ojos, sus cejas, su nariz, su boca... era su rostro, pero ella no era mamá. Ella era la otra, la que se metía en el cuerpo de mamá cuando yo me portaba mal, ella era la loca; así le decía mamá "La loca", la que venía cuando yo no lograba vender la bolsa de mentitas del día, la que venía cuando traía menos dinero del que debía traer, la que venía cuando no compartía algo de lo que me regalaban en las calles.

La otra, la loca.

Siempre que venía era para golpearme; el mes pasado me había sacado chorritos de sangre de mi trasero, pero lo bueno fue que mamá no demoró en regresar y cuando lo hizo me llevó rapidito a la posta. Estaba asustada, temblando y preguntándose qué había hecho. Yo le sobé el rostro y le dije que no se preocupe, que sabía que ella no había hecho nada, que era la loca la que me había hecho yaya. Mamá me besó la herida y dijo que yo era su angelito y me besó el cachete. Cuando entramos al consultorio y el doctor nos preguntó que pasó yo me quedé calladito y ella habló. Dijo que unos delincuentes me habían pegado porque yo les había robado comida. Sí, ella mentía, pero mentía porque decía que si contaba la verdad no sólo se llevarían a la loca sino también a ella a un lugar lejos, muy lejos de casa donde seguramente la maltratarían y mucho, ¡Peor de lo que la loca me maltrataba a mi! y no podía permitir eso: mamá era la única persona que tenía en el mundo y yo no podía abandonar a mi mamita.

-¡Au! -grité cuando la loca sacó de nuevo sangre.

Aguanté un poco porque creí que ya se iría y mamá volvería; pero esta vez no paró, peor aún, continuó y los golpes comenzaban a doler más y más. Ella no se detenía y cada vez golpeaba con más fuerza. Yo comencé a llorar, a gritar a suplicarle que se fuera y que me trajera de nuevo a mamá, pero la loca no me hizo caso, sólo me miró con ojos de odio, de rencor. Le prometí que era la última vez que no vendía toda mi bolsa de mentitas, pero ella ni me escuchó, sólo quería golpearme.

-Mamita, regresa te lo suplico, mamita por favor -pedí llorando, pero la loca no se quería ir, ella me quería seguir golpeando. Y el odio en sus ojos se mezclaba con un poco de felicidad... como si golpearme ya no fuera por cólera, sino por placer.

Poco a poco los golpes fueron subiendo a mi trasero y a la espalda. La sangre fue haciendo un charco más grande; mi cabeza comenzó a pesar y la única palabra que pude decir fue mamá. Mamá, mamá... aún siento que puedo pronunciar mamá, aunque sea en el silencio, en este silencio tan grande en el que vivo desde que la loca me dio un último golpe en la cabeza y caí al suelo.

Mamá, mamá... recuerdo haber susurrado, pero mamá nunca regresó. 
Aún guardo las esperanzas de que mamita regrese y se acuerde de mi. Que me extrañe. Que me hable, que me quiera de regreso. Que me diga te quiero, aunque sea de lejos.

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